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PEÑAS ARRIBA. JOSÉ MARÍA DE PEREDA.

PEÑAS ARRIBA . JOSÉ MARÍA DE PEREDA

 

Tenía una lectura pendiente y la promesa de cumplirla a mi amiga Amparo, “enamorada de Pereda” que me sonaba a mí como un poco exagerada, como todos los amores que uno no comprende porque desconoce.

Esa lectura era Peñas Arriba. Tenía la idea  de que iba a ser una novela pesada, demasiado descriptiva, regionalista, de un autor local y menor. Nada más lejos de la realidad, esa que describe Pereda, esa que se te estrella en la cara como un tortazo, para que despiertes de prejuicios e imaginerías. Me ha requerido un pequeño esfuerzo, pero ha merecido la pena y volveré a leerla con gusto y  regusto, por lo cual, no puedo dejar de recomendarla y pedir humildemente que se lea más.

Publicada en 1895, enmarcada dentro del realismo literario español. La primera edición se agotó en veintiún días. La historia transcurre en un pueblo de alta montaña de la cordillera cantábrica, Tacablanca, al que su protagonista Marcelo, joven madrileño,  abogado y de situación acomodada viaja con motivo de la enfermedad de su tío Don Celso, para hacerse cargo de la hacienda.

El tema principal es la lucha interior de Marcelo, entre dos mundos; ciudad, campo, tradición y modernidad. El paisaje, las costumbres, las gentes van formando parte de su vida y cambiando de una visión hostil, fría, aburrida de los primeros días a un profundo amor por la naturaleza.

Pereda nos pone en evidencia que es posible y no contradictorio la transformación y modernidad del mundo rural sin perder su esencia. Valores universales e intemporales de una novela de carácter regionalista.

Lenguaje rico, intenso, descriptivo, emotivo. Vocabulario único que en muchas ocasiones reconozco palabras que alguna vez escuché, pero que ya no se utilizan, otras que desconozco, pero que llevan mi imaginación a un mundo que ya no existe, un mundo en que las palabras estaban llenas de vida  y amor a las cosas reales de todos los días, desde el nombre de los utensilios  a las descripciones del tiempo, cantidad de adjetivos para describir la lluvia, los colores, los perfumes, el frío y hasta los sabores de los pucheros…, pinceladas de Solana.

Hace Pereda del lenguaje popular un lenguaje literario intemporal, de los personajes, seres vivos de fuerte realidad y del paisaje una hermosura infinita, que despierta amor y respeto por la naturaleza.

 

“No solamente había cesado de nevar, sino que también se hallaba el viento encalmado; y, por una venturosa casualidad, por un rasgón abierto en la espesura de los negros celajes asomaba la luna llena, derramando su luz pálida sobre el blanco tapiz del valle y los más altos picos del brocal de montes que le apasionan…”.

 

Hay un detalle importante en la vida de Pereda y que se refleja en Peñas Arriba El suicidio en 1893 de su primer hijo, Juan Manuel, le sorprendió cuando estaba redactando el vigésimo primer capítulo. En el manuscrito original hay una cruz que señala el triste momento. Este acontecimiento le afectó muchísimo y en la novela a partir de este capítulo hay un cambio de estilo, los colores se vuelven negros, los paisajes más sombríos, aparece el pesimismo y la resignación. Nada más humano y cercano.

 

Poco puedo añadir, a lo que grandes escritores y estudiosos han dicho sobre Peñas arriba, sin duda la mejor novela de José  María Pereda y una de las grandes novelas del s XIX.

Decía D. Marcelino Menéndez Pelayo que las novelas de su amigo D. José María Pereda no solamente había que leerlas, sino también sentirlas, porque “son algo de tan nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa de nuestras costas y el maíz de nuestras mieses”

Dice Saiz Viadero: “Veo, entiendo y abrazo la obra de Pereda, como una bandera de prestigio y orgullo que podemos levantar los cántabros de hoy. Una obra universal, una obra al mismo tiempo de profundo contenido localista.

Anthony H. Clarke: “A Pereda hay que verle y sentirle con relación a Dickens, Balzac y Hardy –no a su altura sino compartiendo buena parte de su mundo, sus preocupaciones y sus finalidades novelescas- a la vez que junto a sus contemporáneos españoles”

Pardo Bazán: “El talento de Pereda es un huerto fértil, bien regado, bien cultivado, oreado por aromáticas y salubres auras campestres, pero de limitados horizontes”

Rosa Pereda: “Pereda hace en Cantabria lo que muchos escritores europeos, americanos y de otras regiones españolas: volver sus ojos a su tierra  natal y nombrarla. Nombrarla como si nadie lo hubiera hecho antes, nombrarla para descubrir su realidad profunda, o al menos, para dar noticia de lo que la tierra dice. ”Literatura de nombramiento”, dijo Carlos Fuentes.

La lista sería muy larga, poco puedo añadir y de ninguna manera mejor expresado, solo compartir mi sentir al leer Peñas Arriba, un dulce placer, una lectura pausada, emotiva a corazón abierto sin prisa, no hay acción, pero transmite un dulce placer de tranquilidad y calma, respeto por los antepasados, amor por la tierra, amor al calor de la lumbre, al agua en el canalón y al verde de Cantabria.

Un gran libro lleva a otro y estos días cayó en mis manos “Paisajes del Alma” (1918-1922) de Miguel de Unamuno. Un placer también perderse en esos hermosos paisajes y cómo no en el capítulo  Recordando a Pereda, perderse por Tudanca, (Tablanca en Peñas Arriba) y recorrer el prado del Concejo y pasear por Polaciones.

“Ayer, en el vecino valle de Polaciones, contemplaba unas montañas maternales y lozana, matronales diríamos, vestidas de haedo y de robledo hasta la cumbre y destacándose sobre el fondo de Peña Labra, que era la puerta del bajo cielo. Moría la tarde sobre la serenidad reposada del valle…”

Tudanca, 27-VIII-23   “Paisajes del alma” Miguel de Unamuno.

 

Gema Gutiérrez Peña

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PARQUE JURÁSICO. MICHAEL CRICHTON.

Reseña: Parque Jurásico (Michael Crichton, 1990)

El Nuevo Tahúr (2022)

Pero ahora -continuó [Ian Malcolm]- es la ciencia el sistema de creencias que tiene centenares de años de
antigüedad. Y, al igual, que el sistema medieval que le precedió, la ciencia está empezando a mostrarse
inadecuada con el mundo. La ciencia ha obtenido tanto poder que sus límites prácticos comienzan a ser
evidentes; es debido a la ciencia, principalmente, que miles de millones de nosotros vivimos en un mundo
pequeño, muy apretados e intercomunicándonos. Pero la ciencia no puede ayudarnos a decidir qué hacer
con este mundo, o cómo vivir. La ciencia puede elaborar un reactor nuclear, pero no nos puede decir que
no lo construyamos. La ciencia puede fabricar plaguicidas, pero no nos puede decir que no los usemos. Y
nuestro mundo empieza a estar contaminad en áreas fundamentales, el aire, el agua y la tierra, como
consecuencia de la ingobernable ciencia. -Suspiró-. Todo esto es obvio para cualquiera.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Grant.
Quedó con la vista fija clavada en los velocirraptores ordenados en rígida formación a lo largo de la playa,
observando en silencio el barco. Y, de repente, entendió lo que estaba viviendo.
-Esos animales -dijo Gennaro-, están desesperados por escapar de aquí.
– No -repuso Grant-, no quieren escapar en absoluto.
-¿No?
-No: quieren migrar.

Grant se reclinó en su asiento [del helicóptero]. Pensó en los dinosaurios erguidos en la playa y se preguntó
adónde habrían emigrado si hubieran podido; se dio cuenta de que nunca lo sabría, y se sintió triste y
aliviado al mismo tiempo.

Michael Crichton, Parque Jurásico (1990)

¿Quién de entre nuestros lectores no recuerda la legendaria adaptación que de esta
obra hizo, en 1993, Steven Spielberg? ¿Alguno no contuvo, acaso la respiración, con los ataques
y acechanzas del tiranosaurio o los velocirraptores a los desdichados protagonistas? O, ¿no se
maravillaron cuando, desde la ventanilla del avión, los doctores Grant y Sattler divisaron la
manada de saurópodos campando a sus anchas por las planicies de la isla Nublar? Sin embargo,
estamos seguros de que no muchos habrán leído la novela que, estimulando la imaginación del
director y los guionistas, dio lugar a un filme antológico. Como suele ocurrir en determinadas
ocasiones, el paso a la Gran Pantalla (en este caso, además, muy temprano y exitoso) eclipsa la
versión original de un relato entretenido a la par que profundo.

No es casual que, en 2022, hayamos decidido volver a adentrarnos en la espesura de
una historia que ha marcado (en este caso para bien) la infancia o adolescencia de muchos de
nosotros. Y, después de haber visto la decepcionante última entrega de una saga
cinematográfica que, a medida que fue pasando el tiempo, se iba desvirtuando a la par que los
efectos especiales y el merchandising crecían, sentimos la apremiante y acuciante necesidad de
acudir a la fuente (cada vez más lejana y marginada) de la que brotaban todos aquellos
prodigios visuales y fuegos de artificio.

En primer lugar, el libro en el que nos estamos basando para hacer la presente recensión
fue escrito, a lo largo del año 1989, por el novelista y licenciado en medicina Michael Crichton
(1942-2008). Antes de ser publicado, a comienzos de 1990, la productora estadounidense
Amblin Entertainment, sabedora de lo que el autor “se traía entre manos” decidió adelantarse
a la competencia y adquirir, así, los derechos de su creación artística, a fin de explotar
cinematográfica una idea que, casi con total certeza, podía valer millones de dólares. Mas, ¿qué
era lo que llamó tanto la atención de los acaudalados compradores? Entre otras cosas, la
claridad y soltura con la que se exponían (en un contexto literario) temas de la más rabiosa
actualidad. Más concretamente, desde una óptica crítica, se abordaban dos asuntos
relacionados con el estado de cosas reinante en las investigaciones científicas a finales del siglo
XX: el crecimiento de la industria y la sofisticación de las técnicas de bioingeniería
(comercialización de los cultivos transgénicos, “recreación” de ecosistemas y clonación de seres
vivos), sin olvidarnos del desarrollo de la informática (utilización de programas para el
almacenamiento de cantidades inmensas de información o la compleja coordinación de
sistemas públicos y privados de seguridad). Ahora bien, en el metraje distribuido tres años
después por Universal Studios, todo ello se abordó de manera superflua y tangencial. Si bien es
cierto que, ahora, la narrativa era más dinámica y, de esta guisa, conectaba mejor con el Gran
Público, el interés de la dirección (como en todas las distopías y biopunks fílmicos) radicaba en
el entretenimiento y la espectacularidad de la puesta en escena. Al igual que ha ocurrido en
tiempos más recientes con Harry Potter (J. K. Rowling) o La Canción de Hielo y Fuego (G. R. R.
Martin), el Séptimo Arte (unido al fenómeno fan) comenzó a condicionar y mediatizar, formal
y materialmente, una creación literaria a la que, a la postre, acabaría devorando.
En segundo lugar, cabe destacar, entre todo el elenco de Crichton, la figura del Dr. Ian
Malcolm. Este personaje, un matemático experto en la teoría del caos (cuyos principios salen
a relucir desde su primer diálogo) y en computación, desempeña un rol muy similar al de Bazarov
en Padres e hijos de Iván Turgeniev (1862). ¿A qué nos referimos? Mayormente, al nihilismo
filosófico del que parte el ficticio profesor de la Universidad de Austin, le hace desconfiar, no
únicamente, de cualquier garantía de seguridad o contención del riesgo en el Parque, sino de
cualquier sistema de pensamiento o filosófico que no se ponga a sí mismo en cuestión
constantemente. Por un lado, en sus reiteradas denuncias y objeciones acerca del
desenvolvimiento de Jurassic Park, no vemos sino la voz del autor, quien muestra su
preocupación ante la luciferina obstinación de los hombres(apoyados en una ciencia sin límites
morales o éticos) por modelar y reproducir, a su gusto, la vida animal y la naturaleza, sin la
menor sombra de duda o cuestionamiento. Por otro, como les sucede a muchos otros críticos
de la delirante y terrorífica deriva de la Modernidad, la censura y los juicios sumarísimos de
este hombre de Ciencia (y , por ende, del relator) no van acompañados de una propuesta
alternativa al devenir de los acontecimientos, pues es totalmente incapaz de imaginar otro
escenario distinto al desgobierno que tiene ante sí. Desgraciadamente, los oscuros presagios
de Malcolm, al respecto del proyecto de Hammond, sí que se cumplen y, de esta forma, el frágil
y artificial orden de las instalaciones se quiebra por accidente, adueñándose el descontrol de la
isla. En el transcurso, el propio doctor en matemáticas, resulta gravemente herido por una
acometida del T-Rex y la mayoría de los integrantes del equipo muere a manos de las
antediluvianas bestias.
Por último, no podemos descuidar el personaje de John Hammond. Él, por tanto, y no
los temibles saurios es el verdadero antagonista y “villano” de la trama. ¿Cuáles son los motivos
para esgrimirlo? Entre otros, su desmedida ambición y megalómanos deseos. Probablemente,
a muchos les sorprenderá este veredicto sobre aquél que, en la película interpreta Richard
Attenborough (1923-2014). En ella, lo pintan como un abuelo y padre entregado (invita, durante
todo un fin de semana, a los retoños de su hija ante el proceso de divorcio que ésta ha iniciado
con su marido), además de un filántropo con gran amor por la ciencia y con gran fe el Progreso.
Empero, Michael Crichton lo concibió y plasmó sobre el papel de manera muy diversa. Se nos
presenta como un hombre egocéntrico, soberbio y codicioso a quien no le importaban nada ni
nadie (excluyéndose a sí mismo, claro está) y que, frente las clamorosas grietas de su plan, se
empecinaba en seguir adelante a cualquier costo, incluso llegando a poner en riesgo la vida de
sus mismos nietos y de quienes consideraba sus “amigos”. En él, vemos reflejada la imagen de
los magnates y multimillonarios sin escrúpulos que, muy especialmente, en nuestros tiempos,
pretenden cambiar y reestructurar el funcionamiento del mundo en base a sus caprichos y
húmedas y oscuras ensoñaciones. Por eso, no es de extrañar que su muerte (indirectamente
ocasionada por el jugueteo de Lex y Tim en la Sala de Control), en soledad, después de haber
intentado huir y, lo que es peor, a manos de sus criaturas, resulte tan aleccionadora y
moralizante. A diferencia del doctor Moreau de H. G. Wells (1896), quien cae con algo más de
dignidad y arrojo en una lucha cuerpo a cuerpo, Hammond acaba siendo fagocitado por los
monstruos su propia ambición.

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HISTORIA DE UN ALMA, STA.TERESA DE LISIEUX

Reseña: Historia de un alma (Sta. Teresa de Lisieux, 1898)
El Nuevo Tahúr (2021)
– Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos.
Que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han
de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies.
La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos.
– Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros
y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor
de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las
estaciones están ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde
margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma.
– En Italia comprendí mi vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un conocimiento tan importante.
– Yo sólo encontré una [de todas las maravillas de la capital] que verdaderamente me encantara, y esa
maravilla fue “Nuestra Señora de las Victorias”. ¡Imposible decir lo que sentí a sus pies…! Las gracias que
me concedió me emocionaron tan profundamente, que sólo mis lágrimas traducían mi felicidad, como el
día de mi primera comunión… La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido ella quien me había
sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y que yo era su hija; y que, entonces, yo ya no podía darle
otro nombre que el de “mamá”, que me parecía mucho más tierno que el de Madre…
– Madre querida [Sor María de Gonzaga], usted no tuvo reparo en decirme un día que Dios iluminaba mi
alma, que hasta me daba la experiencia de los años… Madre, yo soy “demasiado pequeña” para sentir
vanidad, soy “demasiado pequeña” también para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que tengo
una gran humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha hecho obras grandes en
el alma de la hija de su divina Madre, y que la más grande de todas es haberle hecho ver su “pequeñez”,
su impotencia.
Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma (1898)
Milagro de virtud en esta gran alma, que nos hace repetir con el Divino Poeta: “venida del cielo a la tierra
para mostrar el milagro” […]. La pequeña Teresa se ha hecho también ella una palabra de Dios […]. La
pequeña Teresa del Niño Jesús quiere decirnos que es fácil para nosotros participar en todas las más
grandes y heroicas obras del celo apostólico mediante la oración.
[A los peregrinos franceses presentes en la Plaza de San Pedro]: Aquí estáis a la luz de esta Estrella –como
nos gusta llamarla– que la mano de Dios quiso que resplandeciera al comienzo de nuestro pontificado,
presagio y promesa de una protección, que nosotros estamos experimentando felizmente.
Pio XI (1922-1939). Discurso con motivo de la aprobación de los milagros necesarios para la beatificación
de Teresa de Lisieux (11/02/1923)
A estas alturas, abordar los escritos espirituales de Santa Teresita del Niño Jesús y de la
Santa Faz (1873-1897) no debería achantarnos ni suponer, para nosotros, ningún desafío. Su
sencillez y efusividad los hacen más agradables y accesibles, a priori, para cualquier lector (sin
importar su condición, creencia o grado de iniciación en la Fe). Empero, su análisis en una reseña,
como las que hemos venido haciendo hasta el momento, supone un reto mayúsculo. No sólo
rompen, material y formalmente, con las obras de los autores precedentes (J. Mishima, G.
Papini, T. Mann y J. M. De Prada), sino que nos obligan a situarnos “delante del espejo”,
obligándonos a reflexionar sobre nuestras propias creencias y el modo de profesarlas en el día
a día. Aparte, otra diferencia fundamental con los prohombres de las Letras que suso hemos
citado, muy curtidos en las disputas y refriegas intelectuales, es su espíritu infantil, humildad,
pequeñez y, ante todo, su amor incondicional por Jesucristo, su Esposo (y, por extensión, a su
prójimo). “El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a
mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.” (Mc. 9:30-
37).
Dado que no es nuestra intención reescribir la biografía de Santa Teresa de Lisieux (ya
se han ocupado otros de hacerlo con mayor detalle y tino), nos limitaremos a decir que la joven
religiosa normanda (murió con apenas 24 años) se ha convertido en una de las santas más
populares, tanto de Francia (inmediatamente después de su muerte) como de todo el Orbe
Cristiano, por no hablar de la cantidad de aspirantes a la vida religiosa y consagrada que la tienen
como un ejemplo o referente. En lo que respecta a los propios Romanos Pontífices, desde
tiempos de León XIII (1878-1903), quien la conoció en persona y atendió sus deseos de ingresar
en la Orden del Carmen, éstos ya tenían constancia de sus virtudes. Tanto el antedicho papa
(que se mantuvo informado y al tanto de sus progresos) como su sucesor, San Pio X (1913-1914),
la tuvieron en muy alta estima, siendo éste último impulsor de su causa de beatificación (“Esta
es la santa más grande de los tiempos modernos”, llegó a declarar sin ambages). No obstante,
hasta el reinado de Pio XI (1922-1939) no se reconoció oficialmente su santidad. Beatificada en
1923 y canonizada sólo dos años más tarde, fue nombrada en 1927, junto a San Francisco Javier
(1506-1552), Patrona Universal de las Misiones. “Porque todo el que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc. 14:11)
Llegados a este punto, a muchos les seguirá sorprendiendo que una jovencita, cuyos
últimos años de vida los pasó al otro lado de las rejas de un convento, haya llegado a cautivar a
todo el pueblo de Dios e incluso a los mismísimos Vicarios de Cristo. ¿Cómo es posible? La
respuesta la hallamos en su obra Historia de una alma, publicada póstumamente en 1898.
Después de haber pasado ocho años en el Carmelo de Lisieux (1889-1897), la hermana Teresa,
ejemplar en lo que respecta a la observancia de las reglas y constituciones de la Orden, por
petición expresa de la priora conventual comenzó a escribir el relato de su vida, al cual se
añadirían reflexiones, contenidas en misivas, en torno a su vocación o a los principios
vertebradores de Nuestra Fe. Ahora bien, una vez que Teresita marchó a la Morada Celeste, sor
María de Gonzaga (con la aquiescencia, en algunos momentos, de la hermana de Teresa, sor
Inés de Jesús), se dedicó durante años a modificar y tachar algunos pasajes de los manuscritos
originales, en base a los cuales se iban editando las exitosas copias de imprenta. Finalmente, a
la avanzada edad de 86 años, la misma monja que había intentado servirse a conveniencia del
legado de Santa Teresita del Niño Jesús, aceptó que, en 1950, se comenzase a realizar una
depuración y revisión crítica de la Historia, coordinada por el padre carmelita Francisco de Santa
María.
A la hora de recensionar el antedicho libro, siendo su extensión superior a las 300
páginas y cuyo contenido, por su variedad y profundidad, excede el cometido de este modesto
trabajo, hemos decido centrarnos, solamente, en dos de sus partes constitutivas. Aquellas que
consideramos de mayor interés para los lectores de este comentario son, sin duda alguna, los
manuscritos “B” y “C”, donde, entre otras cosas, la santa carmelitana reflexiona sobre su
vocación religiosa. Al respecto de este último asunto, algo que podría parecer sorpresivo es su
deseo de ser “sacerdote” (dignidad a la que, como San Francisco de Asís, debe renunciar), el
cual es simultáneo al de devenir “profeta”, “apóstol”, “mártir”, “cruzado”, “guerrero” (como
su venerada Santa Juana de Arco) o “misionero”. Todo ello por amor y entrega total a Jesucristo,
a quien pretende servir y agradar. Pero, leyendo a San Pablo en su Primera Carta a los Corintios,
encuentra consuelo y reconoce que cada uno de los integrantes del Cuerpo Místico, que es la
Iglesia, realiza su propia función. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros,
pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un sólo cuerpo, así también
Cristo. Porque por un sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, ya judíos o griegos,
ya esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13).
Otro aspecto importante del ideario teresiano y, en especial, de esta Historia es el lugar
que ocupa la caridad, el motor de todos y cada uno de los carismas. Y, ¿cómo o en qué sentido
se manifiesta aquí la más importante de las Virtudes Teologales [“Tres virtudes hay que ahora
permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor” 1 Cor.
13:13]? Precisamente, los cristianos, al recibir del Señor el mandamiento del amor, dejándolo
tomar a Él las riendas de nuestras vidas, seremos capaces de iluminar a los demás con esta luz.
O sea, Cristo, a través de nosotros manifiesta su amor por todos y cada uno de los hombres,
por más difícil e incompresible que ello pudiere resultarnos. Claro está que, para poder
acrecentar ese amor y vencer así las tentaciones demoniacas (siempre invitándonos a buscarle
defectos a los demás), deberemos realizar un esfuerzo, tanto por no juzgar a quien tenemos
delante como por intentar que lo positivo y luminoso (virtudes y buenos deseos) que albergue
en su alma, prevalezca a la hora de formarnos una imagen suya.
Finalmente, la humildad de esta virtuosa mujer (la más excelsa y excelente de todas sus
virtudes) queda de manifiesto cuando ella se identifica con un “pajarillo”. Intentando imitar a
“sus hermanas las águilas” (los grandes santos y santas de Dios), las cuales vuelan cerca del
Divino Sol, este modesta criaturita prueba a remontar el vuelo en medio de las dificultades de
la vida (“las nubes”) que lo tapan. Sin embargo y, a pesar de las muchas “distracciones” (un
gusanillo, un charquito o una florecita) que encuentra, éste, pequeño e insignificante se rinde
ante la magnificencia del Astro Rey que nunca dejara de alumbrarlo con su potente luz.

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LA TEMPESTAD, Juan Manuel de Prada y MUERTE EN VENECIA, Thomas Manns

Reseña conjunta: La tempestad (Juan Manuel de Prada, 1997) y
Muerte en Venecia (Thomas Mann, 1912)
El Nuevo Tahúr (2021)
[Chiara a Alejandro:] Algún día dejaremos de ser una ciudad para ser un gran cementerio submarino, con
palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos, pero nuestro deber es
permanecer aquí hasta que sobrevenga el cataclismo.
[Reflexiones de Alejandro Ballesteros:] Algo parecido me había sucedido a mí: había seguido
escrupulosamente los métodos de la investigación académica para dilucidar el asunto de “La tempestad”,
me había esforzado por hacer coincidir sus contornos, empleando cinco años en la composición de una
urdimbre irreprochable según los principios de la lógica, pero dos días en Venecia me habían enseñado
que la inteligencia no sirve para el arte, porque el arte es una religión del sentimiento. Dos días en Venecia
habían refutado cinco años de trabajo, habían pisoteado mis convicciones teóricas y me habían arrojado
a un páramo de desorientación. “La tempestad, ese cuadro que yo había diseccionado y recompuesto con
paciencia numismática, no era sólo un objeto de disfrute estético, o la palestra donde los especialistas
dirimían sus desavenencias: también era el objeto de la devoción o el trastorno de quienes se creían sus
propietarios morales o, por el contrario, se sentían expropiados de él, y eso los sublevaba; también era el
campo de batalla donde esos hombres y mujeres dirimían sus conflictos, el escenario donde se explicaban
sus quimeras y anhelos y frustraciones.
Venecia me había enseñado que las infamias se reproducen como el cáncer (basta la sugerencia de una
frase y el abono de una saliva que lubrique o halague nuestros oídos); también me había enseñado que la
verdad es siempre parcial y refutable, puesto que depende de la perspectiva de quien la formula, una
verdad particular puede falsear los hechos o no entenderlos o desvirtuarlos en su beneficio.
Juan Manuel de Prada, La tempestad (1997)
Saludó al mar con los ojos, y su corazón se llenó de alegría al contemplarse tan cerca de Venecia.
[Reflexión de Gustav von Aschenbach:] Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al
mismo tiempo más confusos y más intensos que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves,
más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente
con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se
ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras sentimientos importantes. La
soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello: la poesía. Pero engendra también
lo desagradable, lo inoportuno, lo absurdo e inadecuado.
LAThomas Mann, Muerte en Venecia (1912)
Thomas Mann y Juan Manuel de Prada, separados por un lapso de 85 años, quedaron
prendados de la poliédrica y mayestática belleza de la Ciudad Flotante. Unidos entre sí por una
inconsciente “afinidad espiritual”, ambos autores escogieron Venecia como el escenario de dos
de sus mejores novelas (aquellas que los catapultaron a la fama y les proporcionaron el debido
reconocimiento por parte de sus contemporáneos): Muerte en Venecia (1912) y La Tempestad
(1997), respectivamente. De hecho, esta singular y, hasta cierto punto, sorprendente
coincidencia entre las dos obras es lo que nos ha empujado a realizar un análisis comparado de
sus personajes y tramas.
Si tuviésemos que comenzar a exponer todas y cada una de las semejanzas entre ambos
relatos, indudablemente, comenzaríamos resaltando la “conexión” entre sus dos protagonistas:
el veterano escritor Gustav von Aschenbach y el joven investigador Alejandro Ballesteros.
Después de haber desembarcado, en el caso del primero, o aterrizado, en la Ciudad de los
Canales, en el del segundo, ambos buscaban relanzar o darles un impulso definitivo a sus
respectivas carreras profesionales (una estancada después de conocer el éxito y la otra en pleno
apogeo).
Antes de su llegada, tanto el teutón como el español, activos cultivadores de diferentes
campos del Saber (la Literatura y la Ciencia Histórica), “adolecían”, si queremos verlo así, de un
cierto “rigorismo” (moral e intelectual), el cual venía dado por su visión excesivamente
conceptual e “idealista” (en el sentido más literal del término) de la realidad circundante y, por
supuesto, de la persona humana. Empero, la cautivadora y aprisionante atmósfera veneciana
(caricaturizada por Mann y “celebrada” por De Prada) dio al traste con su “estrechez de miras”
y, progresivamente, les hizo ser más conscientes de quiénes habían sido y eran ellos mismos.
Paralelamente, a este descenso al interior de sus conciencias, se unió el inesperado encuentro
con el amor.
En nuestra modesta opinión, los antagonistas y, en consecuencia, el necesario
contrapunto a los, en principio, soberbios y embebidos “héroes”, son sus objetos” (¿o
“sujetos”?) de deseo: el bello efebo Tadzio y la críptica Chiara. En ellos, nuestros protagonistas
vierten todos sus anhelos, deseos, y frustraciones, transformándolos en obras de arte vivientes
(a partir de sus propios patrones y cánones), al tiempo que los convierten en dueños de sus
propios destinos. De esta guisa, el imberbe muchacho polaco devendría en una suerte de
Antínoo, mientras que la hija de Gilberto Gobetti ocuparía el lugar de la mujer que, en La
tempestad de Giorgione (1508), amamantaba a su pequeño en medio de la tormenta que se
había desatado.
Por último, el paso por Venecia, como ya nos hemos aventurado a decir, deja una huella
indeleble en el alma de los personajes principales, cuyos finales, ahora sí, difieren
enormemente. Mientras que von Aschenbach muere en soledad y agonía, presa del cólera y
habiéndose negado a abandonar la metrópoli adriática, Ballesteros regresa a la “rutina”
universitaria, retomando sus antiguos quehaceres y huyendo hacia adelante

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UN HOMBRE ACABADO. GIOVANNI PAPINI.

Reseña: Un hombre acabado (Giovanni Papini, 1913)
Yo no he buscado otra cosa. Desde niño no he vivido más que para esto. He llamado a todas las puertas,
he interrogado a todos los ojos, he pedido a todas las bocas y he sondeado en vano a miles y miles de
corazones. Y en vano me he lanzado a la vida hasta el punto de ahogarme y de vomitar. En vano, siempre
en vano, he desperdiciado mi vista en libros viejos y recientes, y me he llenado la mente de las diatribas de
los filósofos rivales, y en vano, eternamente en vano he provocado los ecos interiores y he preparado
humildemente las sendas de la revelación. Pero nada ha llegado y nadie me ha respondido.
Nadie ha contestado de forma que se anule cualquier deseo y necesidad de preguntar aún. Nada ha venido
que pueda calmar mi corazón, demasiado impaciente, y que puede saciar mi alma, sedienta como un
desierto. No, todas las tentativas y los esfuerzos han resultado inútiles. Muchas paredes se han
derrumbado, muchos se han cuarteado, hundiéndose poco a poco unos, como arena arrasada por el
viento; con gran estrépito otros, como si una nueva tierra emergiese de la antigua. Pero dentro de cada
pared aparecía el vacío; más allá de cualquier muro estaba la oscuridad, y el eco era tan extraño y singular
que a cada sí de esperanza volvía atrás un cansado “no” sin fin.
Pero no quiero una verdad que me haga palpar la sustancia más íntima del mundo; el sostén postrero, el
más sólido; una verdad que se imponga por sí misma en mi cerebro y que no me haga concebir lo que a
ella contradice; una verdad, en suma, que sea un “conocimiento”, un conocimiento verdadero y propio,
perfecto, definitivo, auténtico, absoluto.
Giovanni Papini, Un hombre acabado (1913)
13. Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría y el hombre que alcanza la prudencia;
14. más vale su ganancia que la ganancia de plata, su renta es mayor que la del oro.
15. Más preciosa es que las perlas, nada de lo que amas se le iguala.
16. Largos días a su derecha, y a su izquierda riqueza y gloria.
17. Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar.
18. Es árbol de vida para los que a ella están asidos, felices son los que la abrazan.
19. Con la Sabiduría fundó Yahveh la tierra, consolidó los cielos con inteligencia; con su ciencia se abrieron
los océanos y las nubes destilan el rocío.
Proverbios, 3:13-19
¿Qué ocurre cuando un autoproclamado “profeta”, después de intentar subir a la cima
“la montaña” (en búsqueda de lo Eterno), cae rodando por sus laderas? ¿Cuál es la reacción de
aquel que, pretendiendo colaborar en la “redención” de la humanidad, se da cuenta de que
desconoce por completo a sus congéneres? ¿Cómo puede afrontar el porvenir alguien que creyó
tener al alcance de su mano todas las respuestas a las preguntas “axiales”? Estas y otras
cuestiones se tratan y amplían en las páginas de Un hombre acabado (1913), obra del genial
escritor, periodista y apologeta toscano Giovanni Papini (1881-1956).
Desde su más tierna infancia, nuestro autor, nacido en el seno de una familia atea,
republicana y garibaldina, ya se sintió fuera de lugar con quienes lo rodeaban. Todavía siendo
un infante, el precoz Papini fue muy consciente de los defectos, miserias e imperfecciones que
padecían los hombres. A sus ojos resultaba especialmente desagradable una de las dos
oscuridades del alma: la ignorancia (la otra, para quien no lo sepa es el pecado). Con el objeto
de contrarrestar sus perniciosos efectos (máx. la inconsciencia), el florentino decidió sumergirse,
durante su adolescencia y temprana juventud, en la lectura de todo tipo de obras (enciclopedias,
clásicos de la literatura, textos patrísticos e incluso la Sagrada Escritura) para, de esta forma,
poder ir dando solución a los vitales interrogantes que lo aquejaban (y a todos los que pudieran
ir surgiendo) y, también, permitir que sus semejantes consiguieran “despertarse” de su
profundo sueño. Allá donde otros (literatos, filósofos o fundadores de religiones) habían rozado
la superficie o se habían quedado “a mitad del camino”, él, enérgico y joven intelectual,
conseguiría llevar a término aquesta empresa.
Sin embargo, el mesianismo, la ambición desmedida de Giovanni Papini, unidas a la
imposibilidad de alcanzar la “cima”, acabaron por pasarle una costosísima factura. En todas sus
interminables teorizaciones no había nada que pudiera considerarse, definitivo, sólido, acabado
y mucho menos, perfecto. Allá donde se había pretendido zanjar con contundencia cualquiera
de los interrogantes planteados, otros iban surgiendo (como si de una hidra se tratara) y la
sensación de vacío se acrecentaba. A la frustración por no haber conseguido cumplir con
ninguna de las elevadísimas metas fijadas, se unió el resquemor por haber conceptualizado en
exceso al ser humano y a su circundante realidad.
En lo más profundo de su mente (y también de su corazón), un nuevo planteamiento
comenzó a hacerse escuchar: ¿Y si en vez de haberse dedicado a ver al “otro” desde fuera (como
un mero espectador) hubiese resultado más provechoso sumergirse en la complejidad de la
vida? Así, finalizaba una primera etapa en la existencia de nuestro protagonista, que ya no se
veía más como un “hombre acabado”. A partir de ese momento, comenzaría a ver todo con
“ojos nuevos”. En este particular “renacer” del intelecto, Papini dejaba de aspirar a lo
“universal”, lo académico y lo abstracto para centrar su atención en la belleza y magnificencia
de lo concreto, lo privativo y, en definitiva, lo “cercano”. Los prados, montes, palacios, puentes
y caminos de la Toscana (sin olvidarnos, de sus gentes), se revelaban como estrellas y
constelaciones de un nuevo, maravilloso e infinito universo que merecía la pena explorar hasta
sus confines.
Aquel mismo joven que, antaño, se refugiaba en el confort de las bibliotecas y lo salones,
acabaría por contraer matrimonio (1907) y, muy pronto, sería padre de dos hijas (1908 y 1910).
A toda esta renovada felicidad (que ni las fatídicas consecuencias de la Gran Guerra conseguirían
emborronar), se uniría poco después el mayor de los dones concedidos por la Gracia: la Fe y el
encuentro personal con Jesucristo resucitado de entre los muertos (1920).

Autor: El nuevo Tahúr (2021)

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Confesiones de una máscara. Yukio Mishima.

Tuve el presentimiento de que en este mundo se da un deseo de especie tal que es como un punzante
dolor. Al levantar la vista y mirar a aquel sucio muchacho, me sentí ahogado por el deseo, pensando:
“quiero cambiarme por él”: pensando: “quiero ser él”. Recuerdo claramente que mi deseo se centraba en
dos puntos principales. El primero de ellos eran los ceñidos pantalones azules, y el segundo era el trabajo
del muchacho. Los ceñidos pantalones destacaban claramente las líneas de la parte inferior de su cuerpo,
que avanzaba con suave agilidad y parecía dirigirse derechamente hacia mí. En mi interior nació una
inexplicable adoración hacia aquellos pantalones. No comprendía por qué.
Me había olvidado de la existencia de Sonoko. Sólo pensaba en una cosa. En que aquel muchacho saliera
a la calle, en plena canícula, y que saliera tal como estaba, medio desnudo, y que iniciara una lucha con
una banda rival. Pensaba en el momento en que una daga penetrara en la faja y rajara aquel torso.
Pensaba en la sucia faja bellamente tinta en sangre. Pensaba en el momento en que el cuerpo herido fuera
depositado en una improvisada camilla, utilizando al efecto un postigo, y fuese devuelto adentro.
Yukio Mishima, Confesiones de una máscara (1949)
¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es
pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño (1635)
¿Qué hay de verdad en lo que sentimos? ¿Hasta qué punto surte efecto el
“autoengaño”? ¿Cómo podemos diferenciar el amor verdadero de aquél que no lo es? ¿Por qué
buscamos destruir y domesticar esa misma belleza que nos atrapa y capta nuestra atención? En
este último sentido, ¿cuál es la razón de nuestra atracción por lo “salvaje” y “primitivo”?
Después de haber redactado y publicado Confesiones de una máscara (1949), el joven Kimitake
Hiraoka (1925-1970), se adentra en la madurez literaria (aunque también existencial) y, con ella,
se inicia su larga y dolorosa metamorfosis en Yukio Mishima.
Mucho se ha venido debatiendo, después de haberse sometido al seppuku junto a su
inseparable Masakatsu Morita, sobre la razón o razones que empujaron al escritor nipón a ser
fiel hasta el extremo a los principios recogidos en el bushido. Se ha llegado a decir que, la falta
de reconocimiento por parte de la Academia Sueca (encargada de galardonar con el Nobel de
Literatura) o el desengaño con un Japón cada vez más occidentalizado, que había abdicado de
su identidad y se había postrado ante su invasor, fueron los detonantes de esta irreversible
decisión. Sin embargo, pese a que tales afirmaciones no dejan de estar fundamentadas, las
causas de este “suicidio ritual” deben buscarse en la profundidad de su dolorida conciencia.
En las Confesiones, contrariamente al estilo agustiniano y muy próximo al Werther de
Goethe, Mishima plasma las contradicciones y dilemas que atormentan a un joven que, en
medio de una coyuntura incierta y marcada por la catástrofe bélica, se rebela y encara
inútilmente contra su propio destino. De esta manera, se ponen de manifiesto sus debilidades y
el sufrimiento que éste alberga dentro de sí, entre otras cosas porque es incapaz de aceptarse a
sí mismo. Esas múltiples “máscaras”, a través de las cuales se pretende presentar ante los
demás, no dejan de ser refugios momentáneos y, más o menos precarios, frente a una cruda e
inexorable realidad que lo atrapa y, finalmente terminará por someterlo. De esta guisa, aquí se
pone de manifiesto la sempiterna y agónica lucha entre nuestro auténtico “yo” (el del alma) y
aquél otro que pretendemos mostrarle a quienes nos circundan (el de la mente y el espíritu).
El protagonista de la obra, Kochan, pugna por huir de sí mismo, pues se ve reflejado en
la fragilidad femenina, y, al tiempo, sueña con y se recrea en la virilidad (caballeresca y
esforzada) de otros hombres a los que no puede poseer ni domesticar. Mientras desprecia la
delicadeza y suavidad de las féminas (con quienes juega incansablemente “al despiste”), busca
consumir y asimilar dionisiacamente la potencia de unos varones hacia los que se siente
fatalmente atraído. Ambos arquetipos encajarían, por lo tanto, con los personajes de Omi, su
atlético compañero de escuela en la adolescencia, y Sonoko, la joven catecúmena cristiana con
quien está a punto de contraer matrimonio.
A ese mismo dilema hubo de enfrentarse, a lo largo de su vida, el autor de la novela,
quien, al igual que su alter ego literario, decidió rendirse ante el esplendor y pujanza de lo
masculino y transformarse, a base de ejercicios gimnásticos y disciplina militar, en el objeto de
sus deseos. Cuando hubo llegado el momento oportuno y, en plena posesión de sí mismo,
decidió destruir aquello que más amaba.

El Nuevo Tahúr (2021)