Reseña: Historia de un alma (Sta. Teresa de Lisieux, 1898)
El Nuevo Tahúr (2021)
– Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos.
Que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han
de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies.
La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos.
– Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros
y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor
de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las
estaciones están ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde
margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma.
– En Italia comprendí mi vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un conocimiento tan importante.
– Yo sólo encontré una [de todas las maravillas de la capital] que verdaderamente me encantara, y esa
maravilla fue “Nuestra Señora de las Victorias”. ¡Imposible decir lo que sentí a sus pies…! Las gracias que
me concedió me emocionaron tan profundamente, que sólo mis lágrimas traducían mi felicidad, como el
día de mi primera comunión… La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido ella quien me había
sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y que yo era su hija; y que, entonces, yo ya no podía darle
otro nombre que el de “mamá”, que me parecía mucho más tierno que el de Madre…
– Madre querida [Sor María de Gonzaga], usted no tuvo reparo en decirme un día que Dios iluminaba mi
alma, que hasta me daba la experiencia de los años… Madre, yo soy “demasiado pequeña” para sentir
vanidad, soy “demasiado pequeña” también para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que tengo
una gran humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha hecho obras grandes en
el alma de la hija de su divina Madre, y que la más grande de todas es haberle hecho ver su “pequeñez”,
su impotencia.
Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma (1898)
Milagro de virtud en esta gran alma, que nos hace repetir con el Divino Poeta: “venida del cielo a la tierra
para mostrar el milagro” […]. La pequeña Teresa se ha hecho también ella una palabra de Dios […]. La
pequeña Teresa del Niño Jesús quiere decirnos que es fácil para nosotros participar en todas las más
grandes y heroicas obras del celo apostólico mediante la oración.
[A los peregrinos franceses presentes en la Plaza de San Pedro]: Aquí estáis a la luz de esta Estrella –como
nos gusta llamarla– que la mano de Dios quiso que resplandeciera al comienzo de nuestro pontificado,
presagio y promesa de una protección, que nosotros estamos experimentando felizmente.
Pio XI (1922-1939). Discurso con motivo de la aprobación de los milagros necesarios para la beatificación
de Teresa de Lisieux (11/02/1923)
A estas alturas, abordar los escritos espirituales de Santa Teresita del Niño Jesús y de la
Santa Faz (1873-1897) no debería achantarnos ni suponer, para nosotros, ningún desafío. Su
sencillez y efusividad los hacen más agradables y accesibles, a priori, para cualquier lector (sin
importar su condición, creencia o grado de iniciación en la Fe). Empero, su análisis en una reseña,
como las que hemos venido haciendo hasta el momento, supone un reto mayúsculo. No sólo
rompen, material y formalmente, con las obras de los autores precedentes (J. Mishima, G.
Papini, T. Mann y J. M. De Prada), sino que nos obligan a situarnos “delante del espejo”,
obligándonos a reflexionar sobre nuestras propias creencias y el modo de profesarlas en el día
a día. Aparte, otra diferencia fundamental con los prohombres de las Letras que suso hemos
citado, muy curtidos en las disputas y refriegas intelectuales, es su espíritu infantil, humildad,
pequeñez y, ante todo, su amor incondicional por Jesucristo, su Esposo (y, por extensión, a su
prójimo). “El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a
mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.” (Mc. 9:30-
37).
Dado que no es nuestra intención reescribir la biografía de Santa Teresa de Lisieux (ya
se han ocupado otros de hacerlo con mayor detalle y tino), nos limitaremos a decir que la joven
religiosa normanda (murió con apenas 24 años) se ha convertido en una de las santas más
populares, tanto de Francia (inmediatamente después de su muerte) como de todo el Orbe
Cristiano, por no hablar de la cantidad de aspirantes a la vida religiosa y consagrada que la tienen
como un ejemplo o referente. En lo que respecta a los propios Romanos Pontífices, desde
tiempos de León XIII (1878-1903), quien la conoció en persona y atendió sus deseos de ingresar
en la Orden del Carmen, éstos ya tenían constancia de sus virtudes. Tanto el antedicho papa
(que se mantuvo informado y al tanto de sus progresos) como su sucesor, San Pio X (1913-1914),
la tuvieron en muy alta estima, siendo éste último impulsor de su causa de beatificación (“Esta
es la santa más grande de los tiempos modernos”, llegó a declarar sin ambages). No obstante,
hasta el reinado de Pio XI (1922-1939) no se reconoció oficialmente su santidad. Beatificada en
1923 y canonizada sólo dos años más tarde, fue nombrada en 1927, junto a San Francisco Javier
(1506-1552), Patrona Universal de las Misiones. “Porque todo el que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc. 14:11)
Llegados a este punto, a muchos les seguirá sorprendiendo que una jovencita, cuyos
últimos años de vida los pasó al otro lado de las rejas de un convento, haya llegado a cautivar a
todo el pueblo de Dios e incluso a los mismísimos Vicarios de Cristo. ¿Cómo es posible? La
respuesta la hallamos en su obra Historia de una alma, publicada póstumamente en 1898.
Después de haber pasado ocho años en el Carmelo de Lisieux (1889-1897), la hermana Teresa,
ejemplar en lo que respecta a la observancia de las reglas y constituciones de la Orden, por
petición expresa de la priora conventual comenzó a escribir el relato de su vida, al cual se
añadirían reflexiones, contenidas en misivas, en torno a su vocación o a los principios
vertebradores de Nuestra Fe. Ahora bien, una vez que Teresita marchó a la Morada Celeste, sor
María de Gonzaga (con la aquiescencia, en algunos momentos, de la hermana de Teresa, sor
Inés de Jesús), se dedicó durante años a modificar y tachar algunos pasajes de los manuscritos
originales, en base a los cuales se iban editando las exitosas copias de imprenta. Finalmente, a
la avanzada edad de 86 años, la misma monja que había intentado servirse a conveniencia del
legado de Santa Teresita del Niño Jesús, aceptó que, en 1950, se comenzase a realizar una
depuración y revisión crítica de la Historia, coordinada por el padre carmelita Francisco de Santa
María.
A la hora de recensionar el antedicho libro, siendo su extensión superior a las 300
páginas y cuyo contenido, por su variedad y profundidad, excede el cometido de este modesto
trabajo, hemos decido centrarnos, solamente, en dos de sus partes constitutivas. Aquellas que
consideramos de mayor interés para los lectores de este comentario son, sin duda alguna, los
manuscritos “B” y “C”, donde, entre otras cosas, la santa carmelitana reflexiona sobre su
vocación religiosa. Al respecto de este último asunto, algo que podría parecer sorpresivo es su
deseo de ser “sacerdote” (dignidad a la que, como San Francisco de Asís, debe renunciar), el
cual es simultáneo al de devenir “profeta”, “apóstol”, “mártir”, “cruzado”, “guerrero” (como
su venerada Santa Juana de Arco) o “misionero”. Todo ello por amor y entrega total a Jesucristo,
a quien pretende servir y agradar. Pero, leyendo a San Pablo en su Primera Carta a los Corintios,
encuentra consuelo y reconoce que cada uno de los integrantes del Cuerpo Místico, que es la
Iglesia, realiza su propia función. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros,
pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un sólo cuerpo, así también
Cristo. Porque por un sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, ya judíos o griegos,
ya esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13).
Otro aspecto importante del ideario teresiano y, en especial, de esta Historia es el lugar
que ocupa la caridad, el motor de todos y cada uno de los carismas. Y, ¿cómo o en qué sentido
se manifiesta aquí la más importante de las Virtudes Teologales [“Tres virtudes hay que ahora
permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor” 1 Cor.
13:13]? Precisamente, los cristianos, al recibir del Señor el mandamiento del amor, dejándolo
tomar a Él las riendas de nuestras vidas, seremos capaces de iluminar a los demás con esta luz.
O sea, Cristo, a través de nosotros manifiesta su amor por todos y cada uno de los hombres,
por más difícil e incompresible que ello pudiere resultarnos. Claro está que, para poder
acrecentar ese amor y vencer así las tentaciones demoniacas (siempre invitándonos a buscarle
defectos a los demás), deberemos realizar un esfuerzo, tanto por no juzgar a quien tenemos
delante como por intentar que lo positivo y luminoso (virtudes y buenos deseos) que albergue
en su alma, prevalezca a la hora de formarnos una imagen suya.
Finalmente, la humildad de esta virtuosa mujer (la más excelsa y excelente de todas sus
virtudes) queda de manifiesto cuando ella se identifica con un “pajarillo”. Intentando imitar a
“sus hermanas las águilas” (los grandes santos y santas de Dios), las cuales vuelan cerca del
Divino Sol, este modesta criaturita prueba a remontar el vuelo en medio de las dificultades de
la vida (“las nubes”) que lo tapan. Sin embargo y, a pesar de las muchas “distracciones” (un
gusanillo, un charquito o una florecita) que encuentra, éste, pequeño e insignificante se rinde
ante la magnificencia del Astro Rey que nunca dejara de alumbrarlo con su potente luz.
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UN HOMBRE ACABADO. GIOVANNI PAPINI.
Reseña: Un hombre acabado (Giovanni Papini, 1913)
Yo no he buscado otra cosa. Desde niño no he vivido más que para esto. He llamado a todas las puertas,
he interrogado a todos los ojos, he pedido a todas las bocas y he sondeado en vano a miles y miles de
corazones. Y en vano me he lanzado a la vida hasta el punto de ahogarme y de vomitar. En vano, siempre
en vano, he desperdiciado mi vista en libros viejos y recientes, y me he llenado la mente de las diatribas de
los filósofos rivales, y en vano, eternamente en vano he provocado los ecos interiores y he preparado
humildemente las sendas de la revelación. Pero nada ha llegado y nadie me ha respondido.
Nadie ha contestado de forma que se anule cualquier deseo y necesidad de preguntar aún. Nada ha venido
que pueda calmar mi corazón, demasiado impaciente, y que puede saciar mi alma, sedienta como un
desierto. No, todas las tentativas y los esfuerzos han resultado inútiles. Muchas paredes se han
derrumbado, muchos se han cuarteado, hundiéndose poco a poco unos, como arena arrasada por el
viento; con gran estrépito otros, como si una nueva tierra emergiese de la antigua. Pero dentro de cada
pared aparecía el vacío; más allá de cualquier muro estaba la oscuridad, y el eco era tan extraño y singular
que a cada sí de esperanza volvía atrás un cansado “no” sin fin.
Pero no quiero una verdad que me haga palpar la sustancia más íntima del mundo; el sostén postrero, el
más sólido; una verdad que se imponga por sí misma en mi cerebro y que no me haga concebir lo que a
ella contradice; una verdad, en suma, que sea un “conocimiento”, un conocimiento verdadero y propio,
perfecto, definitivo, auténtico, absoluto.
Giovanni Papini, Un hombre acabado (1913)
13. Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría y el hombre que alcanza la prudencia;
14. más vale su ganancia que la ganancia de plata, su renta es mayor que la del oro.
15. Más preciosa es que las perlas, nada de lo que amas se le iguala.
16. Largos días a su derecha, y a su izquierda riqueza y gloria.
17. Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar.
18. Es árbol de vida para los que a ella están asidos, felices son los que la abrazan.
19. Con la Sabiduría fundó Yahveh la tierra, consolidó los cielos con inteligencia; con su ciencia se abrieron
los océanos y las nubes destilan el rocío.
Proverbios, 3:13-19
¿Qué ocurre cuando un autoproclamado “profeta”, después de intentar subir a la cima
“la montaña” (en búsqueda de lo Eterno), cae rodando por sus laderas? ¿Cuál es la reacción de
aquel que, pretendiendo colaborar en la “redención” de la humanidad, se da cuenta de que
desconoce por completo a sus congéneres? ¿Cómo puede afrontar el porvenir alguien que creyó
tener al alcance de su mano todas las respuestas a las preguntas “axiales”? Estas y otras
cuestiones se tratan y amplían en las páginas de Un hombre acabado (1913), obra del genial
escritor, periodista y apologeta toscano Giovanni Papini (1881-1956).
Desde su más tierna infancia, nuestro autor, nacido en el seno de una familia atea,
republicana y garibaldina, ya se sintió fuera de lugar con quienes lo rodeaban. Todavía siendo
un infante, el precoz Papini fue muy consciente de los defectos, miserias e imperfecciones que
padecían los hombres. A sus ojos resultaba especialmente desagradable una de las dos
oscuridades del alma: la ignorancia (la otra, para quien no lo sepa es el pecado). Con el objeto
de contrarrestar sus perniciosos efectos (máx. la inconsciencia), el florentino decidió sumergirse,
durante su adolescencia y temprana juventud, en la lectura de todo tipo de obras (enciclopedias,
clásicos de la literatura, textos patrísticos e incluso la Sagrada Escritura) para, de esta forma,
poder ir dando solución a los vitales interrogantes que lo aquejaban (y a todos los que pudieran
ir surgiendo) y, también, permitir que sus semejantes consiguieran “despertarse” de su
profundo sueño. Allá donde otros (literatos, filósofos o fundadores de religiones) habían rozado
la superficie o se habían quedado “a mitad del camino”, él, enérgico y joven intelectual,
conseguiría llevar a término aquesta empresa.
Sin embargo, el mesianismo, la ambición desmedida de Giovanni Papini, unidas a la
imposibilidad de alcanzar la “cima”, acabaron por pasarle una costosísima factura. En todas sus
interminables teorizaciones no había nada que pudiera considerarse, definitivo, sólido, acabado
y mucho menos, perfecto. Allá donde se había pretendido zanjar con contundencia cualquiera
de los interrogantes planteados, otros iban surgiendo (como si de una hidra se tratara) y la
sensación de vacío se acrecentaba. A la frustración por no haber conseguido cumplir con
ninguna de las elevadísimas metas fijadas, se unió el resquemor por haber conceptualizado en
exceso al ser humano y a su circundante realidad.
En lo más profundo de su mente (y también de su corazón), un nuevo planteamiento
comenzó a hacerse escuchar: ¿Y si en vez de haberse dedicado a ver al “otro” desde fuera (como
un mero espectador) hubiese resultado más provechoso sumergirse en la complejidad de la
vida? Así, finalizaba una primera etapa en la existencia de nuestro protagonista, que ya no se
veía más como un “hombre acabado”. A partir de ese momento, comenzaría a ver todo con
“ojos nuevos”. En este particular “renacer” del intelecto, Papini dejaba de aspirar a lo
“universal”, lo académico y lo abstracto para centrar su atención en la belleza y magnificencia
de lo concreto, lo privativo y, en definitiva, lo “cercano”. Los prados, montes, palacios, puentes
y caminos de la Toscana (sin olvidarnos, de sus gentes), se revelaban como estrellas y
constelaciones de un nuevo, maravilloso e infinito universo que merecía la pena explorar hasta
sus confines.
Aquel mismo joven que, antaño, se refugiaba en el confort de las bibliotecas y lo salones,
acabaría por contraer matrimonio (1907) y, muy pronto, sería padre de dos hijas (1908 y 1910).
A toda esta renovada felicidad (que ni las fatídicas consecuencias de la Gran Guerra conseguirían
emborronar), se uniría poco después el mayor de los dones concedidos por la Gracia: la Fe y el
encuentro personal con Jesucristo resucitado de entre los muertos (1920).
Autor: El nuevo Tahúr (2021)
Confesiones de una máscara. Yukio Mishima.
Tuve el presentimiento de que en este mundo se da un deseo de especie tal que es como un punzante
dolor. Al levantar la vista y mirar a aquel sucio muchacho, me sentí ahogado por el deseo, pensando:
“quiero cambiarme por él”: pensando: “quiero ser él”. Recuerdo claramente que mi deseo se centraba en
dos puntos principales. El primero de ellos eran los ceñidos pantalones azules, y el segundo era el trabajo
del muchacho. Los ceñidos pantalones destacaban claramente las líneas de la parte inferior de su cuerpo,
que avanzaba con suave agilidad y parecía dirigirse derechamente hacia mí. En mi interior nació una
inexplicable adoración hacia aquellos pantalones. No comprendía por qué.
Me había olvidado de la existencia de Sonoko. Sólo pensaba en una cosa. En que aquel muchacho saliera
a la calle, en plena canícula, y que saliera tal como estaba, medio desnudo, y que iniciara una lucha con
una banda rival. Pensaba en el momento en que una daga penetrara en la faja y rajara aquel torso.
Pensaba en la sucia faja bellamente tinta en sangre. Pensaba en el momento en que el cuerpo herido fuera
depositado en una improvisada camilla, utilizando al efecto un postigo, y fuese devuelto adentro.
Yukio Mishima, Confesiones de una máscara (1949)
¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es
pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño (1635)
¿Qué hay de verdad en lo que sentimos? ¿Hasta qué punto surte efecto el
“autoengaño”? ¿Cómo podemos diferenciar el amor verdadero de aquél que no lo es? ¿Por qué
buscamos destruir y domesticar esa misma belleza que nos atrapa y capta nuestra atención? En
este último sentido, ¿cuál es la razón de nuestra atracción por lo “salvaje” y “primitivo”?
Después de haber redactado y publicado Confesiones de una máscara (1949), el joven Kimitake
Hiraoka (1925-1970), se adentra en la madurez literaria (aunque también existencial) y, con ella,
se inicia su larga y dolorosa metamorfosis en Yukio Mishima.
Mucho se ha venido debatiendo, después de haberse sometido al seppuku junto a su
inseparable Masakatsu Morita, sobre la razón o razones que empujaron al escritor nipón a ser
fiel hasta el extremo a los principios recogidos en el bushido. Se ha llegado a decir que, la falta
de reconocimiento por parte de la Academia Sueca (encargada de galardonar con el Nobel de
Literatura) o el desengaño con un Japón cada vez más occidentalizado, que había abdicado de
su identidad y se había postrado ante su invasor, fueron los detonantes de esta irreversible
decisión. Sin embargo, pese a que tales afirmaciones no dejan de estar fundamentadas, las
causas de este “suicidio ritual” deben buscarse en la profundidad de su dolorida conciencia.
En las Confesiones, contrariamente al estilo agustiniano y muy próximo al Werther de
Goethe, Mishima plasma las contradicciones y dilemas que atormentan a un joven que, en
medio de una coyuntura incierta y marcada por la catástrofe bélica, se rebela y encara
inútilmente contra su propio destino. De esta manera, se ponen de manifiesto sus debilidades y
el sufrimiento que éste alberga dentro de sí, entre otras cosas porque es incapaz de aceptarse a
sí mismo. Esas múltiples “máscaras”, a través de las cuales se pretende presentar ante los
demás, no dejan de ser refugios momentáneos y, más o menos precarios, frente a una cruda e
inexorable realidad que lo atrapa y, finalmente terminará por someterlo. De esta guisa, aquí se
pone de manifiesto la sempiterna y agónica lucha entre nuestro auténtico “yo” (el del alma) y
aquél otro que pretendemos mostrarle a quienes nos circundan (el de la mente y el espíritu).
El protagonista de la obra, Kochan, pugna por huir de sí mismo, pues se ve reflejado en
la fragilidad femenina, y, al tiempo, sueña con y se recrea en la virilidad (caballeresca y
esforzada) de otros hombres a los que no puede poseer ni domesticar. Mientras desprecia la
delicadeza y suavidad de las féminas (con quienes juega incansablemente “al despiste”), busca
consumir y asimilar dionisiacamente la potencia de unos varones hacia los que se siente
fatalmente atraído. Ambos arquetipos encajarían, por lo tanto, con los personajes de Omi, su
atlético compañero de escuela en la adolescencia, y Sonoko, la joven catecúmena cristiana con
quien está a punto de contraer matrimonio.
A ese mismo dilema hubo de enfrentarse, a lo largo de su vida, el autor de la novela,
quien, al igual que su alter ego literario, decidió rendirse ante el esplendor y pujanza de lo
masculino y transformarse, a base de ejercicios gimnásticos y disciplina militar, en el objeto de
sus deseos. Cuando hubo llegado el momento oportuno y, en plena posesión de sí mismo,
decidió destruir aquello que más amaba.
El Nuevo Tahúr (2021)
Casa de verano con piscina. La cena. Herman Koch
“Casa de verano con piscina” de Herman Koch
Estimulante historia de suspense. Me ha impresionado tanto su argumento como su forma de escribir. Lo recomiendo totalmente. Se lee muy rápido y se descubre como nos puede atrapar un buen libro…en definitiva es una novela apasionante que te mantiene en vilo hasta la última página.
Título: Casa de Verano con piscina
Autor: Herman Koch
Editorial: Salamandra (Letras de bolsillo)
Año: 2013
Páginas: 348
Autor: José Lucas Lopez Vazquez
Un libro lleva a otro y a partir de esta recomendación he leído “La cena” del mismo autor, Herman Koch.
Título: La cena
Autor: Herman koch
Editorial: Salamandra
Año: 2010
Páginas: 284
Una cena familiar, dos hermanos y sus esposas cenan en un lujoso y exclusivo restaurante de Ámsterdam. La novela se estructura en bloques siguiendo las propuestas del menú. De los temas triviales en los aperitivos a la tensión y el drama en los postres.
Emociones a flor de piel, tono cruel, irónico. Tensión y violencia solapada. Personajes perfectamente trazados y estructurados. De más a menos, a mitad de los platos, la novela da un giro que te deja sin respiración. Se nos descubre el verdadero motivo de la cena. Los hijos de las parejas han cometido un acto atroz. En una salida nocturna matan a una indigente que dormía en un cajero, comienzan tirando basura hasta que arrojan una lata de gasolina y un “desafortunado” fuego termina con su vida.
¿Cómo este hecho puede terminar con el prometedor futuro de estos niños?
Después de esta lectura fácil, rápida, cruda queda una sensación de angustia y una reflexión abierta a una gran cantidad de temas: la sociedad, la educación, la naturaleza humana.
¿Hasta dónde puede llegar un padre o la sociedad para justificar lo injustificable, el asesinato?
Autor: Gema Gutiérrez Peña
Leyendo en Confinium. María Eugenía Martínez Bernal.
CONFINIUM
Hay un sustantivo latino ,“confinium”, que mucho tiene que ver con esto que nos ocupa…
Me gustan las dos acepciones que aparecen en el diccionario, una bien pegada a la otra, sin aparente contradicción alguna :
“ Límite, proximidad”.
El “finis” o límite es la frontera, marca el territorio, define a las distintas
” gentes”, organiza los “agri” de cultivo, acota los “oppida, vici, urbes, castra…” lugares de convivencia, de refugio, de seguridad.
El finitimus es el vecino, el próximo, el que linda con nuestro territorio, los tan socorridos “municipii finitimi” de la Guerra de las Galias que acudían en auxilio cuando era menester, aprovisionando de víveres, de hombres, de grano, de animales…
Ser “ confinis” es pues ser límitrofe y vecino a la vez, separados y sin embargo unidos, como lo estamos ahora. Lo más hermoso y también lo más humano es que no dejamos de tender puentes de casa en casa, de ventana en ventana, de comunidad en comunidad…. esas sutiles líneas invisibles de afecto, cuidado, generosidad y solidaridad que van ensanchando las fronteras, los” fines”, hasta llegar a los “ confines” , los que abarcamos y formamos todos juntos, enlazando finis cum finis hasta el infinito, el lugar en el que desaparecen todos y cada uno de nuestros límites.
Maru Bernal es poeta, lectora y amiga de Café con Palabras nos comparte este texto y nos invita a leer uno de sus poemas, que aparece en “Hendiendo el aire”( Edita: Septentrión Ediciones)
“Si me abrumo,
recojo las cuatro puntas
de la piel,
las escurro
en cualquier rincón,
extiendo cada fibra,
aliso los miedos,
repaso las arrugas
y cuelgo al sol de la tarde
los restos de mi pena
oreados por el viento”